domingo, 28 de agosto de 2022

Nación y Raza

NACIÓN Y RAZA


Existen en la historia  innumerables ejemplos que  prueban con alarmante claridad  cómo, cada  vez que la  SANGRE ARIA  se mezcla con la de otros pueblos inferiores, la consecuencia fue la destrucción de la RAZA PORTAESTANDARTE de la cultura. La América del Norte, cuya población está formada mayormente por elementos germánicos que  apenas si   llegaron a confundirse con las razas inferiores de color, exhibe una cultura y una humanidad muy diferentes a las que  exhiben  América Central  y del Sur, pues allí los colonizadores, principalmente de origen latino, mezclaron con mucha liberalidad su sangre con la de los aborígenes. Si tomamos esto como ejemplo, fácilmente comprenderemos los efectos de la confusión racial. El  habitante germánico de América que se ha conservado puro y sin mezcla, ha logrado convertirse en el amo de su continente;  y lo seguirá siendo hasta que no caiga en la deshonra de confundir su sangre.

Todo lo que admiramos en el mundo -la ciencia, el arte, la habilidad técnica y la inventiva- es el producto creador de un número reducido de naciones únicamente, y en su origen quizá, el de una sola raza. La existencia misma de esta cultura depende de estas naciones. Si las mismas perecen, se llevarán consigo a la fosa toda la belleza de esta tierra.

Si dividiésemos a la raza humana en tres categorías -Fundadoras, Conservadoras y Destructoras de la cultura- sólo la estirpe aria podría ser considerada como representante de la primera categoría.

Cuando las razas arias invadieron a pueblos extraños que los superaban numéricamente (aunque tal superioridad no  representaba un obstáculo, pues tales pueblos estaban integrados por individuos de inferior categoría), comenzaron a desarrollar con ayuda del medio geográfico, las cualidades de inteligencia y organización latentes en ellos. En el transcurso de  algunos siglos, crean en el país y entre los pueblos que han conquistado, culturas que llevan originalmente el sello de su  propio carácter.


Judíos, comunistas y afro descendientes; dos minorías étnicas y una ideología política, víctimas del odio del nazismo. Hitler los consideraba los causantes de todo lo malo que le pasaba a la Alemania de la posguerra.  



Para que se  desarrolle una cultura superior,  es necesaria la existencia  de individuos de  civilización inferior, pues  nadie, sino éstos, podrían sustituir el instrumento técnico  sin el cual el progreso era inconcebible. En sus comienzos, la cultura  humana dependía menos, por cierto, del animal doméstico que del empleo del material humano de INFERIOR CALIDAD. No fue sino después  que las razas  conquistadas fueron reducidas a la esclavitud, cuando el  mundo animal  corrió  igual suerte;  lo contrario no fue jamás el caso, como muchos  podrían desear creer. Ya que  el primero en tirar del arado fue el  esclavo y después de él, vino el caballo.

El progreso humano es como la ascensión de una  interminable escalera; nadie  puede llegar a las  alturas sin haber  trepado antes el primer peldaño. De esta suerte, el ario tuvo que seguir la senda que le condujese a la realización   y no la  que existe en la fantasía de un pacifista moderno. Mas la senda que el ario debió pisar, estaba trazada con nitidez. Como conquistador  destronó a los  hombres inferiores, quienes trabajaron desde entonces bajo su dirección, con arreglo a  su  voluntad  y para la satisfacción de sus propósitos. Y al paso que extraía de sus súbditos una labor provechosa, aunque dura, no solamente aseguraba la existencia de los mismos, sino que les proporcionaba además, una existencia mejor que aquella de que disfrutaban bajo su titulada libertad.

Mientras el vencedor continuó sintiéndose amo, no solamente  pudo conservar su dominio, sino  que fue, además,  el propulsor de la cultura. Es así que los súbditos  comenzaron a elevarse y, probablemente, a asimilar el lenguaje del  conquistador, comenzando también a ceder la barrera que separaba a los Señores de los criados. Y el ario se volvió impuro.


Los gitanos o romaníes y los afro descendientes, estaban en la agenda racial de Hitler, destinados al exterminio. Los primeros, de origen incierto, eran despreciados por su cultura nómada, mientras que los segundos, procedentes de las colonias africanas de Alemania, eran discriminados, a pesar de ser alemanes de nacimiento. Por otro lado, los discapacitados, no solo eran vistos como la degradación de la raza aria, sino como una carga para el Estado, ya que éste, se hacía cargo de su tratamiento y manutención.


Se inundó en la  CONFUSIÓN DE RAZAS  y  fue  perdiendo  paulatinamente su  capacidad civilizadora  hasta  que  acabó  pareciéndose, tanto en la mente como en el cuerpo -mucho más que sus antepasados- a la raza aborigen que anteriormente había sido subyugada.  Es así como el  ario renunció a la  pureza de su sangre y  con ello al  derecho a permanecer en el  Edén  que  habría creado para sí mismo.

Así es como se destruyen los imperios y las civilizaciones y se hace lugar para nuevas creaciones.

La mezcla de la sangre y el menoscabo del nivel racial que le es inherente constituyen la única y exclusiva razón del hundimiento de las antiguas civilizaciones. No es la pérdida de una guerra lo que arruina a la humanidad, sino la pérdida de su capacidad de resistencia, que pertenece a la pureza de sangre solamente.


Edición alemana original del libro de Hitler, editado por Eher Verlag.


EL ANTÍPODA DEL ARIO ES EL JUDÍO. Es difícil que exista en el mundo  nación alguna  en la que el  instinto de la  propia conservación se halle tan desarrollado como en el "Pueblo Escogido". La mejor prueba de ello la constituye el hecho de  que esta raza continúe existiendo. ¿Qué pueblo ha experimentado en el transcurso de los últimos dos mil años tan contados cambios como los que exhibe la raza judía? ¿Qué otra raza ha debido soportar mudanzas más revolucionarias que las que ha  soportado ésta y ha logrado, no obstante, sobrevivir intacta a las más terribles catástrofes?  ¡Qué  bien expresan  estos  hechos su resuelta voluntad de subsistir y conservar el tipo!

Las cualidades intelectuales del judío se desarrollaron en el transcurso de los siglos (...) pero su capacidad intelectual  no es el resultado de la evolución personal, sino de la educación recibida de los extranjeros. Así, desde el  momento en  que  el judío no poseyó jamás una cultura propia, las bases de su actividad intelectual fueron suministradas siempre por otros.  En todos los períodos, su intelecto se ha desarrollado merced al contacto con las civilizaciones que le rodeaban. Jamás  ocurrió de modo contrario.


Dos ilustraciones que aparecían en textos escolares, donde se ven a judíos estereotipados, tratando de engatusar a una mujer alemana y a un par de niños arios. Ilustraciones como estas eran usadas para generar en los estudiantes, desde pequeños, un sentimiento antijudío, muy útil para formar futuros soldados para el Reich.


(...) Nada mueve al judío fuera del más puro interés personal; y a ello se debe que el ESTADO JUDÍO carezca por completo de confines. Porque, el concepto de un Estado  con fronteras definidas implica  siempre el idealista  sentimiento de una  raza dentro del mismo y, además, un concepto adecuado  del trabajo como idea.  Las muchedumbres que  desconocen este concepto carecen de ambición para formar o, siquiera, conservar un Estado con límites precisos.  No existe de  este modo  base para formar una cultura.

De esta suerte, la nación judía, con todas sus cualidades intelectuales evidentes, no posea una cultura verdadera, o por lo menos una que le sea peculiar. Porque  sea cual fuere la cultura que el judío aparente poseer, esta será propiedad  de  otros pueblos, corrompida, eso sí, gracias a sus manejos.

Es muy posible que el ario fuese originalmente nómada y que más tarde se hiciese sedentario;  esto es suficiente,  por si no existen otras pruebas para demostrar que el ario no fue judío. No, el judío no es nómada (...) El nómada poseía capacidad para formar ideales (...) En el judío, empero,  no existe tal concepto;  éste no fue jamás un nómada,  pero sí,  invariablemente un PARÁSITO en el cuerpo de otras naciones (...) ¡Su propagación misma en todos los rincones de la tierra  es un  fenómeno típico, común a todos los parásitos! El judío se halla permanentemente en busca de nuevos suelos donde nutrir su raza.


Carteles de propaganda que muestran a una mujer y un hombre con el biotipo ideal ario que Hitler deseaba para Alemania. Lo curioso es que Hitler no tenía la apariencia del ario alemán perfecto, que tanto pregonaba.


Su vida  dentro de otras naciones  podrá desarrollarse a perpetuidad,  sólo en el caso  de que  se consiga producir la  impresión  de que lo que con él se relaciona no constituye la cuestión de una raza, sino la de una  "VINCULACIÓN RELIGIOSA" , por más que ésta sea peculiar a aquélla. ¡He aquí la primera gran mentira!

Para seguir subsistiendo como parásito dentro de la nación, el judío debe consagrarse a la tarea de negar su propia existencia. Cuanto más inteligente sea involuntariamente el judío, tanto más afortunado  será en su engaño, gracias al cual conseguirá que una parte considerable de la población llegue a creer seriamente que el judío es un legítimo francés, un legítimo alemán, un legítimo italiano o un legítimo inglés, a quien no separa de sus compatriotas otra cosa que no sea su religión.

Los primeros judíos llegaron a las tierras de Germania durante la invasión romana y como siempre, en calidad de mercaderes (...) Paulatinamente se introduce en la vida económica, no como productor, sino exclusivamente como intermediario; su habilidad mercantil de experiencia milenaria lo pone en ventaja sobre el ario. Comienza por prestar dinero. Los negocios bancarios y el comercio terminan por ser de su monopolio exclusivo. El tipo de interés usado en el cobro de los préstamos provoca resistencia, indignación y envidia, ya que ocasiona su rápido enriquecimiento. Su tiranía llega a tal punto que se  producen reacciones violentas contra él; pero ninguna precaución es capaz de apartarlo de sus métodos de explotación humana. Para alivianar en algo la situación, se comienza a proteger el suelo de la mano avarienta del judío, dificultándole la adquisición  de terrenos.

Cuando aumenta el poder de las dinastías mayor es su empeño de acercarse a  ellas. Por último, no  necesita  más  que dejarse bautizar para entrar en posesión de todas las ventajas y derechos de los cristianos hijos del país. El  judío hace este negocio con bastante frecuencia para beneplácito de la Iglesia, que celebra la ganancia de un nuevo feligrés (...)  y  de  Israel, que se siente satisfecho con el fraude. (...) En el transcurso de más de un milenio ha llegado el judío a dominar en tal medida el idioma del pueblo que lo hospeda, que se siente más germano que semita. La Raza no radica en el idioma, sino exclusivamente en la Sangre; una verdad que el judío conoce mejor que nadie, pues da poca importancia a la conservación de su idioma, en tanto que le es capital el mantenimiento de la pureza de su sangre.


Las Juventudes Hitlerianas, fueron la expresión máxima de la militarización de la sociedad alemana. Desde pequeños eran adoctrinados en la ideología nazi, formando ciudadanos  leales a Hitler y sus ideales y futuros soldados fanáticos, dispuestos a dar su vida por Alemania y su Fhürer.

La razón por la cual el judío se decide a convertirse de un momento a otro en un  "alemán" surge  a la vista; su  aspiración única tiende a la adquisición del goce pleno de los derechos del ciudadano. Primero se convierte en el benefactor de la humanidad para remediar el daño que había causado. Un tiempo después tergiversa las cosas, presentándose como la única víctima de las injusticias de los demás y no viceversa. Algunas personas excepcionalmente tontas creen su mentira y no pueden menos que compadecerse del "pobre infeliz" (...) Gracias a la Bolsa, crece rápidamente la influencia del judío en la economía. Se vuelve el contador de las fuentes nacionales de producción.

Para reforzar su posición política, el judío trata de eliminar las barreras raciales y civiles que todavía le molestan.  Empeño singular muestra por la tolerancia religiosa, teniendo como arma a la prensa, que le permite manipular la opinión pública  en su favor. (...) A menudo fomenta el matrimonio de judías con cristianos influyentes, pero en cambio, sabe  mantener  pura  su descendencia masculina; envenena la sangre de otros, pero la suya la mantiene intacta. Los hijos de estas  uniones  mixtas, siempre se inclinan al lado judío. Para disimular sus manejos y adormecer a sus víctimas no cesa en hablar de la igualdad de los hombres, sin diferencia de raza y color. La etapa final de este desarrollo significa la victoria de la DEMOCRACIA, o como el judío la interpreta: La hegemonía del PARLAMENTARISMO. (...) De acuerdo con los fines que persigue la  lucha judía  y que no se concentran solamente en la conquista económica del mundo, sino que también buscan la supeditación política de éste. El judío divide la organización de su política  "marxista" en dos partes, que aunque separadas en apariencia, constituyen un todo invisible: el movimiento político y el movimiento gremial.

El Sindicalismo es el más beneficioso de ambos, debido al vertiginoso aumento del a masa obrera industrial. Se presenta como el defensor de los derechos de los trabajadores. Poco a poco se convierte en el líder del movimiento sindicalista identifica con la víctima; en tanto que su interés consiste, no en suprimir la injusticia social, sino organizar al interior de las industrias una fuerza de combate dotada de ciega obediencia, que le sirva  para lograr su  propósito de  destruir la  independencia económica nacional. Asistido de la voraz brutalidad en él innata, transforma los sindicatos en un instrumento de violencia.

Todo aquel que tenía la lucidez para oponerse a este nuevo engaño judío, era controlado gracias a la intimidación y el terror.  El judío destruye los fundamentos de la economía nacional sirviéndose del sindicalismo, que podría ser la salvación del país.

Paralelamente avanza el desarrollo de la actividad política. Opera en común con los sindicatos que preparan a las  masas y las inducen por la fuerza a ingresar en la actividad política, como azuzadores en los grandes mítines y manifestaciones políticas. Finalmente, los sindicatos dejan de lado las demandas económicas y ponen al servicio de la política su principal arma de lucha: el paro en forma de huelga general (muchas veces indefinida). Es la prensa judía o pro-judía la más fanática; realiza campañas difamatorias contra los opositores que no aceptan la dominación judía o contra los intelectuales que aparecen a los ojos del judío como una amenaza. Esta prensa se dirige principalmente,  a los sectores  menos ilustrados  de  nuestra sociedad. Políticamente, el judío acaba por sustituir  la idea de  Democracia por la de  DICTADURA DEL PROLETARIADO. El caso más terrible es Rusia, donde el judío con su salvajismo realmente fanático, hizo morir de hambre, bajo torturas feroces, a 30 millones de personas con el sólo fin de asegurar de este modo a un pequeño número de judíos intelectuales, políticos  y agentes de bolsa, la hegemonía sobre todo un pueblo.

Analizando las causas del desastre alemán [en la Gran Guerra], advertiremos que la principal y decisiva fue no  comprender el problema racial, y en especial, la amenaza judía (...) Las derrotas en el campo de batalla fueron causadas desde el  interior de la nación alemana. 


En el nazismo, la mujeres cumplían un rol subalterno, en una sociedad patriarcal y machista con rasgos misóginos. No solo debían de tener una apariencia marcadamente aria, sino que tenían la "noble" misión de procrear futuros soldados para el Reich. El proyecto Lebensborn, las convirtió, prácticamente, en objetos, cuya única misión era dar a luz arios puros, destinados a poblar al mundo, después de que la guerra haya acabado y se haya exterminado a las llamadas razas inferiores.

La pérdida de la pureza racial frustrará por siempre el destino de la raza (...) despojando a la nación del instinto  y  la energía política y moral. La pérdida de la pureza de sangre destruye para siempre la felicidad interior; dejada al hombre [y a la sociedad] (...) Todo intento de reforma  en auxilio de la misma, todos los esfuerzos políticos, todo aumento de prosperidad   económica y científica serán vanos. La NACIÓN Y EL Estado no saldrán fortalecidos, sino que se deslizarán inconteniblemente  hacia la decadencia (...) Por eso, a la Gran Guerra no se lanzó un pueblo preparado para la lucha; fue simplemente el último destello de un instinto de conservación nacional ante la invasión del Marxismo y del Pacifismo. Como tampoco en aquellos días se supo definir al ENEMIGO INTERIOR, toda resistencia exterior debió resultar inútil y, entre recompensar  a la espada victoriosa y obedecer a la ley del castigo inexorable, la Providencia prefirió esto último.

De esta convicción  surgieron para nosotros  los principios básicos y la tendencia del  NUEVO MOVIMIENTO;  persuadidos   como estábamos, esos eran los únicos fundamentos capaces de detener la decadencia del pueblo alemán, y a la vez cimentar la base sobre la cual podrá subsistir un día aquel estado  que represente no un mecanismo de intereses económicos extraño a nosotros, sino un organismo propio de nuestro pueblo: UN ESTADO GERMÁNICO EN LA NACIÓN ALEMANA."


Distintas ediciones en español de Mein Kamp, bajo el título de "Mi Lucha". El libro era de lectura obligatoria en la Alemania nazi. Mientras que fue prohibido en la Alemania contemporánea, en el resto del mundo se vendía abiertamente. En 2015, fue permitida nuevamente su publicación en Alemania,  pero una versión comentada, tratando de desmitificar la ideología nazi, sin maquillar u ocultar sus atrocidades. Al año siguiente, con más de 85 mil ejemplares vendidos, fue uno de los más adquiridos en ese año.




  

 

 

  

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FUENTE:
Adolfo Hitler, "Mein Kampf" ("Mi Lucha"), capítulo XI, 1925









domingo, 16 de enero de 2022

Los empresarios chilenos en la Guerra del Pacífico

EMPRESARIADO Y GUERRA

Los causantes de que la Guerra del Pacífico se desatara: La Reina Victoria I de Inglaterra, Anthony Gibbs y John Thomas Nort, los empresarios que representaban a la corona en Sudamérica y los chilenos Agustín Edwards Ross (político y empresario) y Aníbal Pinto Garmendia, presidente de de la república del país del sur .


LOS EMPRESARIOS CHILENOS EN LA GUERRA DEL PACÍFICO
A propósito de un video que un amigo me envió por WhatsApp sobre la entrevista a historiador chileno Jorge Baradit, que esclarecía las mentiras que en su país se dicen sobre el inicio de la guerra, responsabilizando al sector empresarial chileno y británico, quienes se habían visto perjudicados por las medidas tributarias que Bolivia estaba imponiéndoles y por las medidas estatizadoras que poco antes había tomado el presidente peruano Manuel Pardo y Lavalle. Baradit lo dice claramente, la guerra fue iniciada por Inglaterra, que manipuló los intereses expansionistas chilenos para conseguir beneficios económicos. Resalta además la participación del empresario chileno Agustín Edwards Ross, un poderoso empresario, ex militar, diputado del gobierno, dueño del banco más importante de Chile (El banco Edwards, subsidiario del Banco de Inglaterra) y del diario El Mercurio de Valparaíso (que a la postre se convertirá en El Mercurio, en 1901, el más influyente de ese país). Además, era dueño de la Compañía de salitres y ferrocarril de Antofagasta, que operaba en Bolivia extrayendo guano y salitre para la compañía Gibbs e hijo, representante de la corona británica en varios países sudamericanos. Resalta además, la participación del presidente chileno de ese momento, Aníbal Pinto, quien también era socio en la compañía de Edwards. 

La participación del empresariado chileno y de la corona inglesa en esta guerra no es algo nuevo, pues, desde la década de 1970, lo vienen sosteniendo varios historiadores peruanos como Heraclio Bonilla en Guano y burguesía en el Perú y Enrique Aramayo en La política británica en la Guerra del Pacífico. Otros que también han resaltado la participación británica en la guerra han sido los bolivianos Joaquín Aguirre Lavallén (Guano maldito) y Roberto Querejazú Aclaraciones históricas sobre la Guerra del Pacífico), el uruguayo Eduardo Galeano (Las venas abiertas de América Latina), el francés Francoise Schollaert y muchos más, incluyendo al Italiano Tomás Caivano, testigo presencial de la guerra, quien fue el primero en denunciar las reales motivaciones de la agresión chilena.








Lo afirmado en esta entrevista me motivó a corroborar lo que el historiador Baradit decía decía.  Resulta que la entrevista es del 2015 y se dio con ocasión de la publicación en Chile del libro Agustín Edwards Eastman: una biografía desclasificada del dueño de El Mercurio, del periodista Víctor Herrero, donde se hace una reseña histórica de la familia de este empresario y político, cuestionado por haber formado parte del golpe de estado contra Salvador Allende y de haber sido aliado de todos los gobiernos derechistas del país sureño, desde el dictador Augusto Pinochet hasta Salvador Piñera, poniendo la línea editorial de si diario El Mercurio, al servicio de la oligarquía chilena, manipulando la opinión de la población en beneficio de la derecha chilena.



LA HUELLA DE EDWARDS EN LA GUERRA DEL PACÍFICO (*)



Mientras los abogados de Chile tratan en estos días de convencer a los magistrados de La Haya de que esa corte no tiene competencia para obligar al país a negociar una salida al mar con Bolivia, vale la pena recordar algunos de los hechos que dieron origen a la Guerra del Pacífico. Y resulta que hubo un empresario chileno que contribuyó a desencadenar esa guerra y que, ciertamente, también rentó con ella. Se trata de Agustín Edwards Ross, el bisabuelo del actual Agustín Edwards. Así, al menos, lo constata el libro “Agustín Edwards Eastman: una biografía desclasificada del dueño de El Mercurio” (Debate, 2014), del periodista Víctor Herrero.

Lo que no consigna ese libro es que Agustín Edwards Mac Clure (hijo de Edwards Ross y abuelo del actual Agustín Edwards) fue también uno de los redactores del Tratado de Paz de 1904 firmado entre ambos países.

A continuación, presentamos algunos extractos del libro que, bajo el subtítulo “El negocio de las guerras”, se refiere a la participación de Edwards Ross en el conflicto que terminó con la salida al mar de Bolivia.
El negocio de las guerras

La forma cómo Agustín Edwards Ross contribuyó a desencadenar la Guerra del Pacífico comienza en 1873, cuando su padre le pidió que asumiera la presidencia de la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta, una sociedad anónima donde los Edwards tenían 42 por ciento de las acciones. En febrero de ese año, el joven Agustín Edwards de 21 años envió a un emisario suyo a La Paz para gestionar con el gobierno de Bolivia el reconocimiento de los derechos y concesiones de esa compañía para explotar y exportar salitre en amplias zonas de la región de Antofagasta, que entonces pertenecía al país vecino. Estas concesiones habían sido adquiridas cinco años antes al gobierno paceño por la firma Melbourne Clark & Compañía, conformada por capitales chilenos proporcionados por Francisco Puelma, Jorge Smith, la Casa Antony Gibbs & Sons, Agustín Edwards Ossandón (padre de Agustín Edwards Ross) y su protegido José Santos Ossa. El emisario enviado por el empresario chileno obtuvo del gobierno boliviano un contrato que autorizaba a la Compañía de Salitres y Ferrocarril la explotación del salitre por un período de 15 años, libre de derechos e impuestos.

Ese contrato favorable para los intereses salitreros chilenos nunca fue ratificado por el Congreso de Bolivia. Cinco años después, en febrero de 1878, la Asamblea Constituyente de ese país aprobó la ratificación del contrato con la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta «a condición de hacer efectivo, como mínimo, un impuesto de diez centavos en quintal de salitre exportado». Los capitalistas chilenos estaban indignados. Consideraban que se trataba de una abierta violación de su tratado firmado en 1873. Reclamaron airosamente ante el gobierno boliviano y ante su propio gobierno en Santiago para revertir la decisión.

El problema era que ninguno de los dos gobiernos consideraba en esos momentos que fuera un asunto tan grave.

Entonces, la estrategia de la compañía salitrera chilena fue aumentar la presión sobre el gobierno en Santiago. Francisco Puelma y Agustín Edwards Ross «visitaban periódicamente La Moneda demandando apoyo oficial» del gobierno de Aníbal Pinto, quien, por cierto, era deudor del Banco Edwards. Pese a su lobby, el gobierno chileno seguía sin interesarse mucho por la situación. Después de todo, unos años antes, en 1875, el gobierno de Perú había expropiado a los dueños de las salitreras en la región de Tarapacá, entre ellos varios chilenos, y la situación no había pasado a mayores. Ahora sólo se trataba de unos impuestos. Además, en esos meses, el gobierno chileno estaba lidiando con un problema fronterizo mucho más grave con Argentina en el sur del país.

Ante la tibia respuesta del gobierno, la compañía salitrera presidida por Agustín Edwards Ross decidió adoptar una táctica más dura: simplemente se negó a pagar los impuestos decretados por Bolivia. Y así, la situación comenzó a escalar.

Transcurridos nueves meses sin que la compañía pagara el tributo, al tiempo que continuaba operando normalmente sus minas en la región boliviana, finalmente al gobierno de La Paz se le agotó la paciencia. El 11 de noviembre de 1878 el prefecto de Antofagasta ordenó la detención y encarcelamiento de George Hicks, el británico que era el gerente general de la Compañía de Salitres y Ferrocarril, por ser «deudor al fisco de la cantidad de 98.848 bolivianos y 13 centavos». Sin embargo, la compañía continuaba negándose a pagar los impuestos y a los pocos días los bolivianos dejaron en libertad a Hicks.

Dos meses después, los acontecimientos se precipitaron. El 5 de enero de 1879, La Paz aprobó un decreto para confiscar los bienes de la compañía chilena, y anunció que remataría sus activos el 14 de febrero con el fin de recuperar los impuestos que adeudaba al fisco boliviano. Con ello, las operaciones de la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta quedaron efectivamente paralizadas y más de 2.000 mineros se quedaron sin trabajo.

Entre tanto, el gobierno de Pinto había cedido un poco a las presiones de los empresarios salitreros y había despachado al Blanco Encalada, su buque de guerra más poderoso, a Caldera, el último gran puerto y también el punto terminal de las líneas de telégrafo en territorio chileno. Era una primera señal de Santiago que estaba prestando más atención al pleito entre la compañía chilena con el gobierno del país vecino. Cuatro días después del decreto de confiscación, el buque de guerra ancló frente a la bahía de Antofagasta. Era una acción seria pero todavía fanfarrona del gobierno chileno que, en esos días, aún creía en una solución diplomática al conflicto.

Animados por esta movida de su gobierno, aunque decepcionados por no lograr acciones concretas para revertir la paralización de sus minas, la compañía redobló sus apuestas. El 14 de enero, bajo la presidencia de Agustín Edwards Ross, se reunió en Valparaíso el directorio de la empresa salitrera. En una carta que el representante de la firma Gibbs & Sons en el directorio de la compañía envió a sus superiores en Londres, resumía de la siguiente manera la nueva táctica de la empresa:

El señor Puelma recomendó gastar algún dinero para estimular a periodistas en los diarios para que publiquen artículos de naturaleza patriótica, es decir, de nuestro lado en este problema, y así fue acordado, de manera que podemos esperar la inmediata aparición de una serie de esos artículos en un diario de Santiago, probablemente El Ferrocarril, y en uno de Valparaíso, tal vez La Patria.

Efectivamente, en los días y semanas siguientes, ambos periódicos comenzaron a abandonar su línea periodística que se limitaba a informar del impasse en Antofagasta como parte de una serie de problemas en la política exterior chilena, para adoptar una postura más beligerante. Otros medios se sumaron a este nuevo tono. El 5 de febrero, por ejemplo, el diario Los Tiempos le hacía la siguiente pregunta a sus lectores respecto de Antofagasta:

¿Quién descubrió el cobre ahí? ¿Quién la plata? ¿Quién el guano? ¿Quién el salitre? Nosotros. Estamos ciertos de que vendrá de Bolivia la reacción del buen sentido. Mientras tanto, tengamos seca nuestra pólvora.

Justo el día en que la Compañía de Salitres y Ferrocarril iba salir a remate, el 14 de febrero de 1879, las tropas chilenas desembarcaron en el puerto de Antofagasta. Con ello, se evitaba que la empresa fuese adquirida por una firma de otro país, por ejemplo de Estados Unidos, con lo cual Chile ya no tendría oficialmente un interés en el conflicto. Ese mismo día, la empresa chilena pudo reanudar su producción salitrera. Dos semanas después de la ocupación de Antofagasta, Bolivia le declaró la guerra a Chile, y en virtud de un pacto secreto de asistencia mutua con Perú, este país también entró al conflicto. Un mes después, en abril de 1879, Chile les declaró oficialmente la guerra a ambos países. El conflicto bélico duraría poco más de cuatro años y causaría unos 14 mil muertos, según estimaciones conservadoras.

Llama la atención que tres de los cinco ministro que conformaron el primer gabinete de guerra chileno eran accionistas minoritarios de la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta. Ellos eran Antonio Varas, ministro del Interior; Domingo Santa María, ministro de Relaciones Exteriores, y Jorge Huneeus , ministro de Justicia.

Agustín Edwards Ross sacó dos lecciones valiosas del conflicto de 1879. La primera era que las guerras victoriosas son un negocio muy rentable. La segunda fue que la prensa es un factor clave en formar una opinión pública favorable a los intereses propios. De hecho, su compañía de salitres había logrado transformar un problema contractual entre una empresa y un Estado extranjero en una causa patriótica.

Respecto a la primera lección, los datos avalaban la intuición de Edwards. En 1879 la economía chilena creció 15,2 por ciento y en 1880 se expandió en 12,4 por ciento, los niveles más elevados en toda la segunda mitad del siglo XIX. Además, los negocios personales de Edwards Ross florecieron durante la guerra. Los siguientes acontecimientos ilustran este punto.

Pocas semanas después del comienzo de la guerra, el 31 de julio, apareció ante el notario de Antofagasta el estadounidense Charles C. Greene, el nuevo gerente general de la Compañía de Salitres y Ferrocarril. Greene, quien años después sería el cónsul de Estados Unidos en Antofagasta, pidió a nombre de 21 empleados de la empresa un permiso notarial para explorar yacimientos salitreros y de otros minerales en la región recién ocupada por Chile. Poco después, el 19 de agosto, Greene se presentó ante el nuevo gobernador chileno de Antofagasta e inscribió formalmente 51 estacas de salitre a nombre de este grupo de empleados. Los solicitantes no tuvieron que pagar nada por registrar estos yacimientos. Pues bien, el 29 de enero de 1880 los veintiún empleados que habían obtenido las concesiones comparecieron ante el notario de Antofagasta Benjamín Molina para ceder gratuitamente sus pertenencias a la Compañía de Salitres y Ferrocarril, que pasó así a ser dueño exclusivo de estas minas. El directorio que intervino en esta maniobra estaba compuesto por Agustín Edwards Ross, Francisco Puelma, Miguel Saldías, que era el abogado de la empresa, y Ricardo Escobar, que era el representante de las acciones de Gibbs & Sons.

La operación se mantuvo en secreto por más de 30 años. Pero en 1911 salió a la luz pública cuando Alberto Valenzuela de la Vega, una ciudadano común y corriente que se había enterado de las concesiones, entabló una querella en contra de la compañía con la esperanza de obtener una recompensa por denunciar «bienes fiscales indebidamente poseídos por terceros». Pero el fisco no se hizo parte de la demanda y cuando el conflicto judicial escaló hasta la Corte Suprema, la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta contrató a un abogado de primer nivel: Luis Barros Borgoño, un ex relator de esa misma corte y futuro vicepresidente de Chile. El juicio recibió bastante publicidad y en algunos diarios, en especial los de mancomunales obreras, era descrito como un ejemplo de cómo la oligarquía y el Estado se confabulaban para favorecer los intereses de los grandes empresarios.

Para cuando sucedieron estos hechos, Edwards Ross ya había fallecido y era su hijo, Agustín Edwards Mac Clure (fundador de El Mercurio de Santiago), quien resguardaba los intereses patrimoniales de la familia en esa compañía que, precisamente a partir de la Guerra del Pacífico, llegó a ser una de las más grandes en el negocio mundial del salitre. Por cierto, la compañía ganó la demanda.

Con el término de la Guerra del Pacífico, Agustín Edwards Ross emergía como una de las figuras más poderosas de Chile. No sólo había logrado expandir la vasta fortuna familiar, sino que ejercía también una enorme influencia empresarial y política. Los Edwards, que habían hecho fortuna en las inhóspitas y polvorientas ciudades y pueblos del norte chico, se instalaban ahora cada vez más cerca del centro mismo del poder.


  • De Agustín Edwards Eastman: Una biografía no Autorizada
(*) Artículo publicado por el portal web DiarioUchile, el 4 de mayo de 2015.

lunes, 1 de noviembre de 2021

Karl Lamp

 KARL LAMP: EL INCA ALEMÁN

No se conoce el rostro de Karl Lamp. No hay foto ni retrato pintado. Esta imagen, que circula en internet, es una adaptación, cuyo autor se ha perdido en la web, quien lo representó al estilo incaico. Las banderas incaica y alemana del fondo son creación propia.









viernes, 15 de octubre de 2021

Eugenesia, filosofía mortal

 CUANDO LOS GRINGOS FUERON MALOS






Francis Galton, primo de Charles Darwin y gran admirador de éste, estaba intrigado con el árbol genealógico de su familia, cuyos miembros eran muy altos. Una tarde, tuvo la inspiración que le daba la respuesta. Mediante una sencilla operación intelectual, aplicó la teoría darwiniana de la evolución y la supervivencia de los animales, a la raza humana. Esa sería la solución, no solo a sus dudas, sino la razón de todos los problemas sociales. De ahí en adelante, se dedicó a desarrollar su inspiración, con la certeza que le daba sentirse integrante de una raza superior. "Los europeos modernos -escribió- tienen más habilidades naturales que las razas inferiores, como los negros".

Lo que hacía era genialmente sencillo: interpretar el comportamiento social a la luz del origen biológico. Para Galton, la inteligencia, la salud u algunas otras "virtudes" eran patrimonio genético de cada raza y no fruto del medio social  en el que se desarrollan. "No hay nada que nos impida pensar que una raza de seres humanos superiores podría ser formada mediante una cuidadosa selección y cría, similar a la que se usa con los perros o los caballos de pura sangre -señala- La caridad está mal entendida. Debe apoyar a los fuertes en lugar de a los débiles y al hombre del mañana en lugar de al hombre de hoy. Hay que dejar que el conocimiento controle las emociones y los instintos".

Pero, sería muy injusto cargarle únicamente a Galton la responsabilidad de tan descabelladas afirmaciones. Mucho tuvo que ver su época, en la que el positivismo científico y los logros científicos cada vez más espectaculares, gozaban de un prestigio casi ilimitados. En otras palabras. Galton no estaba solo; representaba el espíritu de esos años. A él le corresponde, sin embargo, la paternidad directa de la EUGENESIA, palabra que acuñó para designar a su filosofía.


Francis Galton, creador de la teoría eugenésica que pregonaba la supremacía de la raza blanca superior sobre las razas inferiores. 

Tenemos que saltar al otro lado del Atlántico si queremos seguirle la pista a esta corriente. A comienzos del siglo, EE.UU. empieza a experimentar delicados problemas sociales. Los reformadores progresistas empezaban a preocuparse  por el crecimiento de la pobreza, el crimen y los que llamaban "agitación social": La élite aristocrática que estaba en el poder, comenzó a sentir temor frente a las grandes oleadas migratorias provenientes de Europa (irlandeses e italianos, principalmente), que coincidía, además, con el incremento de la militancia sindical. Los "norteamericanos puros" sintieron un miedo paranoico a perder las riendas de la política y la economía del país a manos de los extranjeros pobres que desafiaban su poder y exigían su tajada del llamado "sueño americano".





Es entonces, que la clase alta ve en la Eugenesia la solución a sus problemas. La premisa eugenésica de que "el factor hereditario es el que determina la conducta social y no el entorno", era la justificación "científica" para culpar a la población de sus propios males, al mismo tiempo que protegían lo que ellos sentían eran sus legítimas aspiraciones de poder.

Es así, como los grupos de poder, que se encontraban representados por la clase política, emprendieron una cruzada de tres décadas, destinada a solucionar los problemas del país, teniendo como base las ideas de Galton. Pero faltaba un asidero científico, y este llegó de la mano del alemán Augusto Weisman, quien descubrió que las características que un organismo adquiere de su entorno, no pueden ser heredadas por su descendientes, por tanto -concluyeron los partidarios de la eugenesia- las reformas sociales eran inútiles, puesto que no mejorarían las condiciones sociales de las generaciones futuras.




De ahí en adelante, la Eugenesia se fue desarrollando a paso lento, pero seguro; cada vez tenía más seguidores, y no solo entre la clase alta. Disimuladamente se fueron promulgando leyes de inspiración eugenésica "por el bien de los EE.UU." Incluso, muchos intelectuales universitarios, especialmente de Harvard y Standford, predicaban en sus cátedras, la supremacía aria, a la vez que escribían libros abiertamente racistas, que intentaban darle un fundamento teórico a la teoría eugenésica. Proponían, entre otras cosas, que se reforme la estructura social de EE.UU. bajo un sistema de castas, basado en las diferencias biológicas, en la que los derechos de las personas, dependerían de su origen racial. "La sangre de una nación determina su historia" es una de las tantas frases que se repetían en esos años, con las cuales, trataban de sustentar las políticas discriminatorias que se estaban dando a principios del siglo XX.

La esterilización era la propuesta eugenésica más radical. Estaba destinada a la eliminación de los "biológicamente inferiores", es decir, delincuentes, prostitutas, drogadictos, mendigos, alcohólicos, violadores, pervertidos, excéntricos y todos aquellos que no encajaran en el ideal eugenésico. Gracias a sus contactos políticos, los eugenésicos consiguieron que en varios estados se aprueben leyes que permitieron esterilizar contra su voluntad a miles de estadounidenses, la mayoría internos de los hospitales psiquiátricos y orfanatos, donde centenares de niños fueron esterilizados impunemente. Y, como se pensaba que, la delincuencia era hereditaria, tanto como las enfermedades mentales, miles de presos también fueron víctimas de estas políticas de control natal a través de la castración o la esterilización química. Al fin y al cabo, eran delincuentes y merecían lo que les estaban haciendo, porque lo importante era "salvar a EE.UU. de los indeseables".


 
Exámenes médicos, antroposomáticos y experimentos "científicos" sirvieron para sustentar la teoría eugenésica en todo el mundo.


Pero, como la esterilización no era popular, hacia 1917 se usaron dos nuevas técnicas propagandistas a favor de la eugenesia. Una era el uso de los árboles genealógicos, que "demostraban que las taras sociales eran transmitidas por la herencia biológica", y otra era el Test de Inteligencia de Binet, que aplicados a reclusos de centros penitenciarios "demostraron" que eran mental y biológicamente incapaces. Con ayuda de estas demostraciones seudo científicas, más leyes de esterilización se aprobaron en diferentes estados y cuando se cuestionó la legalidad de estas normas, el Tribunal Supremo las avaló, diciendo que la esterilización era competencia de cada estado.

Pero estos supuestos instrumentos científicos pronto fueron cuestionados. Los árboles genealógicos fueron acusados de inconsistentes por basarse en muestras manipuladas y los test de Binet, porque los resultados que ofrecieron al ser aplicados al Ejército, dieron como conclusión que más de la mitad calificaba como "débiles mentales", y al ser aplicado a la población civil, arrojó como resultados que los afro estadounidenses de cinco estados del norte eran más inteligentes que los blancos de ocho estados del sur. Estos resultados molestaron mucho a los eugenistas, por lo que este test fue dejado de usar. 

A pesar del desprestigio de sus procedimientos, los eugenistas seguían en actividad. Con el fin de la I Guerra Mundial, aprovecharon sus contactos políticos para promulgar leyes migratorias restrictivas que estuvieron vigentes hasta 1965. Estas leyes, restringían la migración de europeos "biológicamente inferiores", procedentes de Europa mediterránea y de Europa Oriental, especialmente de Rusia, debido a la influencia de la revolución, convirtiendo al marxismo en el chivo expiatorio perfecto para cerrar sus puertas a determinado tipo de inmigrantes.





Fue el Crack financiero de 1929 el que, finalmente, pudo detener el avance de la eugenesia en EE.UU. ya que de un día para le otro, las élites financieras, comerciales e industriales se vieron en la calle, pobres, al lado de los inmigrantes "biológicamente inferiores". Fue una democracia de la pobreza que no podía sustentar el mito de la raza superior. El ascenso de Hitler al poder en Alemania en 1932 fue otro punto en contra. Mientras los nazis escribían a los EE.UU. pidiendo información sobre sus leyes de esterilización, los norteamericanos hicieron oídos sordos. 

Heindrich Boeters, uno de los principales defensores de la política racial del III Reich, declaró: "Lo que los higienistas raciales promovemos no es nada nuevo. En una nación de primer orden como es Estados Unidos, esto fue introducido hace tiempo".

En la actualidad, los movimientos eugenésicos no han desaparecido. Esporádicamente los genetistas hacen noticia al intentar relacionar algunos problemas sociales con cuestiones biológicas y proponer en consecuencia, directa o indirectamente, "políticas de saneamiento".

Otra vez el principio de autoridad de la ciencia podría avalar leyes de segregación, ya sea en las calles o en las probetas, donde los "genes impuros" sean eliminados, mientras los "superiores" sean alimentados con vitaminas. El "Mundo Feliz" que previó Aldoux Houxley puede no estar lejos. Un mundo más feliz diseñado, no por ingenieros o arquitectos, sino por ingenieros genéticos. Dios nos salve a nosotros, cholitos de acero inoxidable.





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Adaptado del artículo homónimo de Pablo Vásquez F. publicado en El Suplemento, del diario Expreso el domingo 3 de noviembre de 1991.




 




miércoles, 1 de septiembre de 2021

Los Juicios de Nüremberg

LOS JUICIOS DE NÜREMBERG




La madrugada del 15 de octubre de 1946, en el pequeño gimnasio del Palacio de Justicia de la ciudad alemana de Núremberg, que poco antes había sido una poderosa fortaleza de las tropas de asalto nazis (la SS) y escenario obligado de congresos y multitudinarias manifestaciones del gobierno del III Reich, alumbrados por luces artificiales, aparecen tres cadalsos con sus respectivas horcas. En once seguras celdas, con centinela de vista, once hombres aguardaban su hora final, condenados a la pena capital por el Tribunal Internacional para el Castigo de Crímenes de Guerra.

Este episodio fue la culminación del más grande proceso penal del siglo XX, en el que fueron juzgados los principales dirigentes políticos, militares y diplomáticos del ex III Reich alemán, derrotados militarmente, por crímenes cometidos antes y durante la II Guerra Mundial.

Una vez consolidada la victoria aliada y luego de varias conferencias, se celebra un acuerdo denominado “Acta de Londres”, el 8 de agosto de 1945, creándose el Tribunal Militar Internacional para el enjuiciamiento y castigo de los principales criminales de guerra de los países europeos del Eje (Alemania e Italia). Fueron signatarios de este acuerdo EE.UU., la ex URSS, Francia e Inglaterra. Como un Anexo al Convenio se aprueba la Carta, que vino a ser un Código Penal y Procesal Penal Internacional.

Se configuran tres delitos: Crímenes contra la Paz (Planeamiento, preparación, iniciación de una guerra de agresión, participación en plan común o conspiración), Crímenes contra la Humanidad (Asesinato, exterminio, deportación, genocidio, esclavitud, antes y durante la guerra); y Crímenes de Guerra (Violaciones a las Leyes de Guerra).

La Carta sancionaba hechos cometidos antes de su firma y ratificación; el Tribunal es instancia única y sus fallos son definitivos; los jueces y el fiscal deben provenir de los Estados signatarios del “Acta de Londres”; el Tribunal está facultado para aplicar procedimientos rápidos y simples, es decir que, las organizaciones del partido nazi y del gobierno alemán son posibles de proceso y de ser hallados culpables, sus integrantes inmediatamente serán considerados criminales de guerra, por lo que no existen excusas eximentes por la posición oficial de los acusados o por “actos de Estado” y no se reconoce la obediencia debida al jerárquico superior; se puede procesar además, a inculpados ausentes. Cada delito no tiene una pena determinada, es decir que no existe un mínimo n un máximo; el Tribunal tiene derecho a aplicar la pena que considere justa, entre sus extraordinarias facultades.

Las fuerzas aliadas triunfantes instituyen este Tribunal, bajo el fundamento de preservar la paz, con el objeto de sancionar la conducta criminal, es especial de los conductores de la nación alemana, desde la exaltación al poder del partido nazi, cuyo hecho también fue calificado como delito, de acuerdo a la tesis del camino ilegal hacia el poder; contenida en la acusación formulada por el fiscal estadounidense Robert H. Jackson, hasta la terminación de la II Guerra Mundial.

Se dictó pena de muerte por ahorcamiento contra 12 procesados, entre ellos el ausente Martin Bormann; tres prisiones perpetuas (Hess, Funk y Reader), tres condenas de 20, 15 y 10 años de prisión y tres procesados fueron absueltos (Von Papen, Schat y Frizsche). Fueron declaradas organizaciones criminales el Cuerpo de Líderes del nazismo, la Gestapo o policía secreta y la Milicia Negra o SS. Fueron absueltos el gabinete del Reich, el Estado Mayor General del Ejército y el Alto comando de la Milicia Parda o SA. Sin embargo, varios de los altos mandos habían muerto antes, entre ellos Heinrich Himmler (suicidado), Reinhard Heydrich (asesinado), Martin Bormann y Josef Mengele (prófugos) y el mismísimo Hitler, suicidado en el interior del bunker de la Cancillería junto al Ministro de Propaganda Joseph Goebbels y sus familias.

Nüremberg había sido escogida para ser la sede de los juicios ya que contaba con un Palacio de Justicia que milagrosamente, había sobrevivido intacto a los bombardeos aliados y una prisión anexa, suficientemente segura  que permitiría la reclusión y custodia de los acusados que serían enjuiciados. Pero había también una razón simbólica, ya que esta ciudad había tenido una gran importancia para el régimen nazi por haber sido la sede del gran congreso del partido Nazi y el lugar donde se redactaron las infames leyes raciales contra los judíos en los años previos al inicio de la guerra.

Para poder capturar a los jerarcas nazis y sentarlos en la banquillo de los acusados, el ejército estadounidense puso en marcha la "Operación Mondorf", buscándolos por toda Europa, pero para juzgarlos había un gran problema, pues los delitos cometidos debían juzgarse, según las acuerdos internacionales, de acuerdo a las leyes de los países donde se habían cometido (una veintena de países), por lo que los aliados vencedores (EE.UU. Inglaterra, Francia y la Unión Soviética) decidieron dirigir ellos mismos los procesos en representación de los países agraviados, eligiendo a los jueces y fiscales; y poniéndose de acuerdo en los delitos que se aplicarían. Aún así, hubo roces con los soviéticos, pues querían que el proceso se base en el genocidio cometido con los rusos y no contra los judíos, pues consideraban que ellos eran las verdaderas víctimas de la guerra. 

LOS OTROS PROCESOS
Si bien, los procesos seguidos a los altos mandos nazis captan el interés de los expertos y del público en general, no fueron los únicos. Hubo un total de doce juicios, entre colectivos e individuales. Los más destacados de estos otros procesos fueron los seguidos contra los médicos nazis y contra los jueces que apoyaron al gobierno de Hitler y otros juicios menores, tanto colectivos como individuales.

El Juicio a los Médicos fue el primero de los juicios realizados después de finalizare el juicio principal (contra los altos mandos), donde las autoridades estadounidenses abrieron juicio al cuerpo médico de los campos de concentración. Fueron 23 los médicos acusados por realizar experimentos "científicos" sin consentimiento en prisioneros judíos de los campos de concentración y de exterminio como Auschwitz, así como en pacientes de hospitales de Alemania y otros ubicados en los territorios ocupados. Experimentos en los cuales se cometieron asesinatos, torturas y suplicios. También fueron acusados de realizar el asesinato masivo de gente considerada "inferior" e "inútil" para los planes nazis, como adultos mayores, niños muy pequeños, enfermos mentales, "desviados sexuales", enfermos incurables, indigentes y más, quienes murieron gaseados, por inyección letal, desnutrición y otros métodos, realizados en pacientes de hospitales y residentes de asilos, orfanatos y otros lugares de apoyo social, durante un programa oficial de eutanasia, que era parte de ese programa de eugenesia emprendido por el régimen nazi desde que llegó al poder, con la finalidad de purificar la sangre impura.

7 médicos fueron condenados a muerte (la mayoría por crímenes cometidos en los campos de concentración y exterminio), 5 a cadena perpetua, 4 a penas privativas de la libertad entre 5 a 20 años y el resto fue absuelto. De no haber escapado antes de finalizar la guerra, Josef Mengele, jefe del cuerpo médico de Auschwitz, con toda seguridad, hubiera sido condenado a la pena capital.

El Juicio a los Jueces, se realizó contra los jueces y abogados que establecieron la estructura jurídica nazi. 16 fueron los acusados por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, entre ellos, la aplicación de leyes eugenésicas, destinadas a lograr la "limpieza racial", como las infames Leyes de Nüremberg, dadas contra los judíos y otros decretos que permitieron despojarlos de la ciudadanía alemana, expropiarles sus bienes y someterlos a prisión, tortura, desplazamiento forzado hacia los campos de concentración y exterminio, esclavizarlos y asesinarlos.

Algunos empresarios también fueron juzgados por financiar al Reich y emplear judíos como mano de obra esclava, entre ellos, los dueños y directivos de las químicas IG Farben y Hoechst, y la fábrica de material bélico Krupp, pero fueron absueltos. Estos conglomerados industriales y otros como Volkswagen, Opel, Bayer, BMW, Basf, Siemens o Deutsche Bank, convencieron al consejo aliado de su importancia para la reconstrucción económica de Alemania, así que no fueron juzgados, por el contrario, mantuvieron un rol protagónico en los años siguientes, al amparo de los aliados. Con el paso de los años y debido a la presión internacional, en 1999, el gobierno alemán creó un fondo de compensación para los sobrevivientes e hizo que indemnicen a sus ex esclavos, pero dicho monto solo resarció a los sobrevivientes que vivían en Alemania. Todos los esclavos judíos provenientes de otras partes de Europa, como Europa Oriental, no recibieron nada.

Estos juicios se realizaron en la zona ocupada por EE.UU. entre 1945 y 1946 y estuvieron a cargo de un tribunal judicial estadounidense, que funcionó al margen del Tribunal Aliado.

JUICIO CRÍTICO
En medio siglo transcurrido desde su epílogo, el juicio de Nüremberg, sólo fue mencionado como un desacertado hecho político, sin significación en el campo del Derecho. En este aspecto, se han levantado voces condenatorias por haberse abrogado principios universalmente reconocidos por el mundo civilizado que informan el Derecho Penal Liberal.

Empezando por la conformación del Tribunal -jueces juzgando a sus enemigos- hasta el espectáculo de colgar un cadáver para cumplir con el fallo condenatorio -la muerte pone fin a la persona- ha sido dura y unánimemente cuestionando este proceso, destacando incluso, la opinión del propio Dannodieu de Vabres, catedrático francés de Derecho y juez del Tribunal del Nüremberg, quien, luego de haber juzgado a los criminales de guerra y firmado las sentencias, criticó el proceso en varios aspectos y en diversas oportunidades, siendo uno de los tantos el siguiente comentario: “Los crímenes contra la humanidad, dirigidos contra los gobernantes de los Estados, es un pretexto fácil para la intromisión injusta en la política interior de un Estado. Es peligroso para la paz”.

Ciertamente, las potencias vencedoras de la guerra (1939-1945) deslucieron y desdibujaron el triunfo de la democracia contra la instauración del proceso de Nüremberg, que precisamente, es la negación de los principios por los que millones de hombres rindieron sus vidas en aquella hecatombe.

Muchos fueron los vicios procesales, desde jueces y fiscales totalmente parcializados, hasta acusaciones falsas, pasando por falta de transparencia con los abogados defensores, ocultamiento de testimonios y pruebas exculpatorias, falsificación de documentos y encubrimiento de los abusos cometidos por los aliados en la guerra; en suma, fue un pretexto para ejercer venganza pura.

 



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(*) Adaptado del artículo “Nüremberg: 50 años después” de Luis García-Blasquez, publicado en la sección Opinión del diario El Comercio del miércoles 16 de octubre de 1996.

Otras fuentes:
"75 años del fin de los juicios de Nuremberg" - William Márquez, BBC News, 21/11/20
"El final de los juicios de Nuremberg" - Josep Gavalda, National Geographic, 12/08/21
"El Tercer Reich económico: las empresas que financiaron a Hitler" - EOM Grupo
"Los procesos de Nuremberg" - Revista Hechos Mundiales N° 28
"Los horrores nazis" - Torturas y suplicios N° 4
"Los juicios de Nuremberg" - Wikipedia





jueves, 26 de agosto de 2021

El Bicentenario de la Independencia

 REFLEXIONES SOBRE EL BICENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA

POR: CÉSAR GONZÁLEZ DELGADO




Doscientos años han pasado desde que el Generalísimo Don José de San Martín, aquella mañana del sábado 28 de julio de 1821, proclamó en la plaza de armas de Lima, la Independencia del Perú. Y, aunque este es el acontecimiento central, no podemos dejar de valorar el esfuerzo de todos los que participaron en un proceso emancipador de aproximadamente 50 años, que se inició en las últimas décadas del siglo XVIII y culminó en 1826, con la partida de Simón Bolívar y el verdadero inicio de nuestra vida independiente. Peruanos como Túpac Amaru y Micaela Bastidas, Francisco de Zela, los Hermanos Angulo o Mariano Melgar sentaron las bases para un proceso que sería inevitable y que se concretaría con la influencia de las corrientes libertadoras del sur y del norte, ya que, lo que don José de San Martín inició, Simón Bolívar lo consolidó.

Hay que recordar que, cuando San Martín proclama la Independencia en Lima, gran parte del territorio del Perú aún estaba bajo el control del Virrey José de La Serna, quien, desde el Cusco, seguía dirigiendo los destinos de todos aquellos que se oponían a la Independencia. Y es que hay que ponernos la situación de los habitantes del virreinato, quienes veían a San Martín y su Ejército Libertador como invasores, quienes querían imponer un régimen político que afectaría sus intereses y estilos de vida, por tanto, se convertirían en los más leales realistas. La mayoría de estos, de origen español o criollo de alta alcurnia, brindarían todo su apoyo al virrey; es más, casi todo el sur, estaba contra la Independencia, especialmente Cusco, Arequipa y Puno, verdaderos bastiones del realismo en el Perú.

Fueron, precisamente en esos lugares, donde fracasaron, tanto las tempranas rebeliones armadas de Zela, Paillardelle o los hermanos Angulo, como las primeras incursiones rioplatenses al Alto Perú. Al parecer, la independencia no era bien vista por esos lares. Y ese fue el sustento para la tesis de Heraclio Bonilla y Karen Spalding, en su polémico ensayo “La Independencia: Las palabras y los hechos”, que tanto revuelo causó entre los políticos y los intelectuales peruanos en pleno sesquicentenario de la independencia, ya que la idea central era que nuestra independencia fue impuesta desde fuera y no buscada por los propios peruanos.

Pero la participación peruana en la independencia va mucho más allá de los protagonistas que la historiografía y la política educativa nos ha hecho conocer, esa historia centralista y patriarcal, que priorizó siempre los acontecimientos limeños antes que los ocurridos en provincias, que priorizó el protagonismo de los hombres de las clases altas, más aún si eran militares, que a las clases medias y populares. La verdadera lucha la dio el pueblo peruano; hombres y mujeres, mayormente anónimos, que entregaron hasta su vida por un ideal. Indígenas, negros y mestizos, de todas las edades y sectores sociales, fueron fundamentales para conseguir la victoria sobre los realistas.

Si fuera totalmente cierto eso de que los peruanos no querían la independencia, no se hubieran dado tantas muestras de rebeldía desde los primeros días de la invasión española. Ahí tenemos los casos de los caudillos atahualpistas, Quisquis, Calcochimac y Rumiñahui, quienes, siguieron pelando a favor de su señor; pero si de resistencia indígena hablamos, no se puede dejar de mencionar a la gran rebelión de Manco Inca, quien, en  los primeros días de la invasión ibérica, se sublevó contra Pizarro, dándole dura batalla, a tal punto, que poco le faltó para tomar Lima y expulsar a los barbados invasores, pero debido a las traiciones internas, su ingenuidad, la llegada de refuerzos españoles y, por qué no decirlo, algo de mala suerte, impidieron que cumpla su cometido. Después de su muerte a traición, la lucha la continuaron sus hijos, Sayri Túpac, Tito Cusi Yupanqui y Túpac Amaru, conocidos como “los Incas de Vilcabamba”, de los cuales, el último fue quien, en tiempos del virrey Toledo, tomó el liderazgo de la rebelión, después de que sus hermanos transaran su rendición. La muerte de Túpac Amaru fue tan icónica, que poco más de dos siglos después, inspiraría al líder de la más grande rebelión anticolonial de origen indígena, la de José Gabriel Condorcanqui, “Túpac Amaru II”. Pero esta no fue la única; puesto que a lo largo del siglo XVII y sobre todo, del siglo XVIII, en pleno contexto de las Reformas Borbónicas, se produjeron decenas de insurrecciones indígenas, que tuvieron el mismo destino de sangre que el gran cacique de Tungasuca, Surimana y Pampamarca.

A partir del siglo XIX, serán los criollos quienes tomen la iniciativa de la lucha anticolonial. En Lima, se organizaron conspiraciones en los principales centros de formación intelectual de la capital como el convictorio de San Carlos, el colegio de medicina San Fernando, el colegio de abogados y la universidad de San Marcos, pero ninguna pudo concretar acciones debido al férreo control de la autoridad realista, encarnada en el virrey José Fernando de Abascal. José de la Riva Agüero, Toribio Rodríguez de Mendoza, Hipólito Unanue y Mateo Silva, son solo algunos de los más destacados. Sin embargo, en el interior, la situación era muy distinta. Las reformas impuestas por los borbones se sintieron más fuerte en las provincias y las autoridades virreinales eran mucho más abusivas, por lo que los peruanos tenían sobradas razones para estar descontentos con la corona, así que, aprovechando que el control de las fuerzas virreinales era menor, llevaron a cabo levantamientos armados en todo el interior, especialmente en las intendencias de Cusco, Arequipa y Tarma, destacando las rebeliones  de Gabriel Aguilar y Manuel Ubalde (Cusco, 1805), Francisco de Zela (Tacna, 1811), Juan José Crespo y Castillo (Huánuco, 1812), Enrique Paillardelle y Julián Peñaranda (Tacna, 1813) y los hermanos José, Vicente y Mariano Angulo (Cusco, 1814), secundados por Mariano Melgar y Mateo García Pumacahua. Ninguna de ellas tuvo éxito y sus líderes fueron encarcelados, deportados o ejecutados. De todas, merece destacarse la gran rebelión del Cusco dirigida por los hermanos Angulo, por haber sido la de mayor extensión territorial, pues se extendió hasta Arequipa y Huamanga, y porque congregó a distintos sectores sociales. Es que no fue un movimiento netamente criollo, sino que aglutinó a mestizos, indígenas, negros y hasta miembros de la iglesia, representados por los clérigos Idelfonso Muñecas y José Gabriel Béjar.

Y no podemos dejar de mencionar a las grandes olvidadas de la historia, las mujeres, quienes no tuvieron un rol pasivo y secundario, como la historia oficial nos hizo creer por mucho tiempo, donde las únicas que destacaron con comprobado heroísmo fueron Micaela Bastidas y María Parado de Bellido. Nada más lejos de la verdad. La participación de la mujer peruana en la emancipación no fue exclusiva de una clase social en particular, sino denominador común de todas las mujeres sin importar su condición, no tanto en el campo de batalla, sino, más bien, proporcionando provisiones y armas; como enfermeras, espías, compañeras. La de mejor posición social lo hicieron con dinero. Cuando eran capturadas, afrontaban con valentía su destino, llegando a morir muchas de ellas por la causa emancipadora. Contrario a lo que podría creerse, ni las monjas se mantuvieron al margen; los conventos también fueron focos de agitación revolucionaria. La monja de la orden de La Encarnación, Juana Riofrío, que mantenía correspondencia secreta con los patriotas es sólo un ejemplo.

Mujeres aún menos conocidas, pero igual de importantes, son Tomaza Tito Condemayta y Cecilia Túpac Amaru, partícipes de la gran rebelión túpacmarista. La criolla Brígida Silva de Ochoa, hermana del rebelde Mateo Silva, mantenía en contacto a su hermano con los patriotas presos en el cuartel Santa Catalina; Trinidad Celis, que organizó la resistencia armada contra los realistas de Ayacucho. Además, están las Toledo, madre e hijas, quienes salvaron de una derrota al patriota Arenales en el valle del Mantaro cuando cortaron las sogas del puente de la Concepción, impidiendo el paso de las tropas realistas del general Ricafort; Ventura Ccalamaqui, quien con su prédica revolucionaria consiguió que los "Cívicos de Huamanga" desistan de apoyar a los realistas para, por el contrario, unirse a los patriotas.

Fueron tantas las mujeres que lucharon activamente por la independencia, que no existe lugar en nuestra patria donde no se rinda homenaje a una de estas valientes mujeres. Aún menos conocidas son: Juana Toribio Ara, Juana de Dios Manrique, Tomasa Abad y García Mancebo, Melchora Balandra, Petronila Arias de Saavedra, Francisca Sánchez de Pagador, Josefina Sánchez, Manuela Estacio, las heroínas de Higos Urco, además de Rosa Campuzano y Manuelita Sáenz, parejas sentimentales en el Perú de los libertadores San Martín y Bolívar, respectivamente, cuyo rol ha sido minimizado al de amantes y nada más, cuando podrían ser destacadas como agentes de inteligencia y hasta de asesoras de sus famosas parejas. Algunas fueron condecoradas por San Martín o Bolívar, pero el resto se mantuvo en el anonimato. Recientemente se está reconociendo el papel de estas y muchas más mujeres en las escuelas y la sociedad, incluso, el Banco Central de Reserva, les ha dedicado algunas monedas conmemorativas a algunas de ellas.

Se necesita una historia más inclusiva, que refleje la participación de toda la sociedad, no solo en la Independencia, sino en todo el proceso histórico peruano.

Pero estamos en el Bicentenario, así que, no se puede dejar de mencionar a sus dos grandes artífices, los Libertadores. José de San Martín, iniciador de la fase internacional de nuestro proceso emancipador. Militar rioplatense que después de conseguir la independencia argentina y chilena vino al Perú para continuar el proceso separatista sudamericano. Después de unas entrevistas fracasadas y algunos enfrentamientos bélicos, logró proclamar la Independencia, primero en Huaura y luego en Lima, quedándose a gobernar con el título de Protector. Abolió la esclavitud de vientres y el tributo indígena, prohibió los castigos corporales, cerró la inquisición y fundó la Biblioteca Nacional, además de darnos los primeros símbolos patrios. Pero su suerte estaba echada, en parte, debido a su insistencia por formar una monarquía constitucional en el Perú independiente; forma de gobierno visionaria, pero incomprendida en la época. Esto, junto a un congreso opositor y la destitución de Monteagudo, encargado del mando mientras se encontraba reunido con Bolívar en Guayaquil, motivaron su renuncia y partida del Perú.

El otro gran protagonista es Simón Bolívar, militar venezolano, quien consolidó nuestra independencia con sus victorias militares en las pampas de Junín y Ayacucho de 1824, consiguiendo su capitulación, tres años después de la proclamación hecha por San Martín. Su labor como gobernante es muy distinta a la de San Martín, haciendo, en muchos casos, todo lo contrario, como si quisiera borrar todo lo hecho por el libertador argentino. En ese sentido, restableció la esclavitud, el tributo indígena y su trabajo gratuito bajo el nombre de contribución personal, así como los castigos corporales. Además, cerró el Congreso, abolió las comunidades indígenas reconocidas por San Martín y repartió sus tierras entre los oficiales de su ejército y hasta modificó los símbolos patrios, quedando tal como los conocemos hoy en día. Hizo honor al título con el que gobernó el Perú, el de Dictador. Tras su partida, en 1826, el Perú empezó realmente su vida independiente, en medio de una gran inestabilidad que durará gran parte del siglo XIX.

Hoy, el Perú afronta su Bicentenario en medio de una crisis muy grande de carácter sanitario, que ha repercutido en la economía, la sociedad y hasta en la política, por lo que las celebraciones que con ansias esperamos tanto tiempo, no podrán darse como es debido. No habrá desfiles, discursos conmemorativos, ni fiestas multitudinarias, pero la alegría la llevaremos muy dentro de nosotros, en nuestros corazones.

Grandes males nos aquejan desde hace mucho tiempo:  la corrupción, la desigualdad, la pobreza, la delincuencia, la depredación de los recursos, el daño al medio ambiente o la poca vivencia de valores democráticos. Está en nosotros que esto cambie, porque, parafraseando al gran poeta César Vallejo, “Hermanos, aún hay mucho por hacer”.