viernes, 31 de enero de 2020

La Xenofobia en el Perú republicano

EL MIEDO A LOS EXTRANJEROS 


Estos últimos años nuestro país está experimentando un fenómeno que hace mucho tiempo no se presentaba, una gran migración  extranjera. Para muchos es algo nuevo, pero realmente no lo es. Ya a mediados del siglo XIX e incluso a inicios del siglo XX la presencia de extranjeros en el Perú, especialmente en Lima, era bastante común. Miles de europeos y asiáticos llegaron a nuestro país atraídos por la bonanza económica que estábamos viviendo, la que sería la gran esperanza para salir de la crisis por la que sus países atravesaban. Chinos, japoneses e italianos formaron las colonias de inmigrantes más numerosas, lo que no resta la importancia de otros colonos provenientes de Francia, España, Alemania, Inglaterra, Bélgica, e incluso de algunos países latinoamericanos como Chile antes de la guerra de 1879. Con la presencia de tantos extranjeros en el país, cada uno con su propia cultura, acaparando puestos de trabajo y mezclándose con los peruanos, no es de extrañar que generen recelo y rechazo entre los peruanos, llegando muchas veces a actitudes violentas.

En el Perú, la xenofobia ha hecho ver su rostro intolerante en diversos periodos de nuestra historia republicana, como resultado de diversas inmigraciones, sean estas espontaneas o planeadas por el Estado. El único resultado ha sido siempre la vergüenza colectiva de la Xenofobia.

Ante todo, aclaro que en este artículo no hablaré de los españoles o los negros africanos que llegaron a nuestras tierras entre los siglos XVI y XVIII, por corresponder a otro periodo (la Conquista y el Virreinato). En este artículo solo abordaré el fenómeno migratorio y sus consecuencias, en el periodo republicano.

PRIMERA OLEADA: CHINOS Y TIROLESES
Los chinos culíes fueron los primeros en ser traídos para trabajar en la extracción del guano de las islas y en la agricultura costeña, actividades antes destinadas a los esclavos negros, pero que a raíz de la abolición de la esclavitud, habían entrado en crisis por la falta de mano de obra. Fue en el gobierno de Ramón Castilla que se fomentó la migración extranjera al Perú, en pleno Boom guanero. Un pequeño grupo de inmigrantes tiroleses austro-alemanes vinieron a colonizar la selva central (Tingo María, Tarapoto y Moyobamba ente 1853 y 1854 y después a Pozuzo, Oxapampa, Villa Rica, La Merced y Satipo, hacia 1859). 

En 1849 llegaron los chinos, en mayor número, para trabajar. Aprovechando la pobreza de su país y que este estaba en gran parte dominado por las potencias extranjeras, los empresarios peruanos contrataron trabajadores chinos (acostumbrados a trabajar duro, con poca paga y sometidos a maltratos) para que trabajen en las haciendas costeñas. Eran traídos en barcos de carga, como animales, por miles desde Cantón, Macao y Hong Kong, aunque también había algunos provenientes de otros lugares como Shanghai. Viajaban varios meses apiñados en las bodegas, con poca o nada de alimentación, hacinados en medio de sus propias heces y expuestos a todo tipo de enfermedades. Un tercio de ellos moría en el viaje y era arrojado al mar. Al desembarcar en el Perú, eran engañados, pues no todos fueron llevados a trabajar en la agricultura, como estipulaba en sus contratos, sino que fueron llevados a los campamentos guaneros, a extraer el excremento de las aves de nuestro litoral, que era tan preciado en el mundo por sus propiedades fertilizantes, que estaban contribuyendo a acabar con el hambre en Europa. Era un trabajo peligroso y sacrificado. Además de la pestilencia a la que estaban expuestos, estaban propensos a accidentes por explosiones, a caer al mar y ahogarse y a los maltratos físicos de los capataces. Pero los que tuvieron la “suerte” de ir a trabajar en las haciendas, tampoco lo pasaban muy bien. Al igual que los que trabajaban en las islas guaneras, eran sometidos a maltratos, recibían poca alimentación, sueldos miserables y hasta eran encadenados para evitar que fuguen.  En suma, los chinos en el Perú, fueron sometidos a un trato de semiesclavitud, a vista y paciencia del Estado. Se les conocía como Coolíes o Culíes, palabra que según se cree, significaba jornalero, cargador o incluso, esclavo.

SEGUNDA OLEADA
La bonaza económica de nuestro país hizo necesaria mano de obra barata. Trabajadores a los que se les pueda pagar poco por largas jornadas de trabajo. Los chinos ya habían demostrado lo convenientes que eran para los empresarios peruanos, así que se promovió una segunda oleada migratoria de chinos a inicios del siglo XX, durante la llamada República Aristocrática; esta vez, vendrían a trabajar exclusivamente en la agricultura costeña, ya que el guano había perdido su importancia económica y estábamos atravesando un nuevo boom, el de la caña de azúcar y el algodón. A pesar que las leyes habían cambiado, su situación laboral no era muy diferente a la del siglo XIX.

Como Europa aún se hallaba sumida en la pobreza por la crisis agrícola, que no se había solucionado totalmente y porque la industrialización se había impuesto en la economía, muchos campesinos no hallaban trabajo en las ciudades, donde se requería de obreros calificados, que sepan manejar la máquinas de las fábricas. Es por eso que millones de europeos pobres, mayormente campesinos provenientes de toda Europa, especialmente de Italia, Irlanda, Rusia, Polonia, Noruega, Grecia, España e inclusive de las poderosas y desarrolladas Inglaterra, Francia y Alemania, emigraron hacia países con territorios poco poblados y con una creciente economía como Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica y especialmente a tierras americanas. EE.UU. fue el país que más inmigrantes recibió, especialmente irlandeses, italianos y noruegos, pero  también chinos y japoneses. Argentina, Brasil, Uruguay, México, Venezuela, Panamá, Cuba, Chile y Colombia, fueron los países que más inmigrantes recibieron de Europa y el Perú no fue la excepción.

Por nuestra ubicación geográfica, en la costa del Pacífico, la migración europea fue reducida, ya que era muy difícil llegar a tierras peruanas. Es por eso que la única colonia de inmigrantes europeos de relevancia numérica fue la italiana. La Compañía de Inmigración Europea los trajo desde 1872, con contratos de trabajo en las haciendas algodoneras de la costa, aunque muchos vinieron como obreros o comerciantes.

El tercer grupo de inmigrantes en Lima, por su número, fue el de los japoneses. Ellos vinieron en 1899, traídos por la Compañía Morioka en el Sakura Maru, provenientes del puerto de Yokohama, pero a diferencia de sus similares chinos, no todos eran agricultores, muchos eran técnicos y profesionales, a quienes las circunstancias los obligaron a emigrar en busca de un mejor futuro. 790 fueron los japoneses que arribaron al Callao y luego a Cerro Azul  en este primer viaje. Todos eran hombres provenientes de distintas partes del Japón: Tokyo, Niigata, Ibaraki, Okayama, Hiroshima y Yamaguchi. En posteriores viajes vendrían habitantes de todo el territorio, incluyendo Kumamoto, Saitama, Shizuoka, Osaka, Kioto y Nagasaki.

De estas, las colonias más numerosas con más de 8 mil miembros fueron la china y la italiana, que en conjunto representaban el 60% de los extranjeros en Lima hacia 1908.

ACEPTACIÓN Y RECHAZO
El trato recibido por los inmigrantes fue muy diferente, dependiendo de su lugar de origen, su raza y su religión. Los europeos eran bien recibidos. La creencia bien enraizada en gran parte de la población, especialmente en las clases altas y medias, de que el atraso del Perú se debía a que gran parte del país estaba poblado por indios,  hizo creer a muchos que era necesario mejorar la raza  y para ello era necesaria la migración europea. Se creía que su laboriosidad y superioridad racial podrían traer el progreso al Perú. Para ello, la mezcla racial era importante. De los inmigrantes europeos que llegaron al país, los mejor recibidos fueron los italianos debido a su idioma, muy parecido al español y a su religión católica, los ponía en ventaja sobre otros europeos como los ingleses o alemanes, que profesaban el anglicanismo y el luteranismo respectivamente, las cuales eran mal vistas en nuestro país, donde la mayoría profesaba la fe católica.

Desde su llegada fueron bien vistos, y cuando sus contratos terminaron, recibieron el apoyo, tanto del Estado como de la población, para establecerse en nuestro país, poner sus negocios y fundar sus colegios y asociaciones comerciales, culturales, deportivas y benéficas, como compañías de bomberos. La mayoría se quedó en Lima y Callao, donde se dedicaron al comercio y la pesca artesanal (especialmente en el barrio chalaco de Chucuito). Pusieron pulperías (bodegas y tabernas), panaderías, trattorías (restaurantes especializados en pastas) y pequeñas fábricas de pastas. Lograron progresar con mayor rapidez que otras colonias. Fundaron fábricas como Cogorno, Lavaggi y Nicolini, bancos, como el Italiano (hoy, Banco de Crédito), incluso llegaron a ser propietarios de haciendas, minas, comercios, navieras y empresas pesqueras. Algunos incursionaron en la política, llegando a la alcaldía de varias ciudades y sus descendientes, al Congreso e incluso a la Presidencia de la República. Entre los nombres de origen italiano más destacados están los Larco, Fernadini, Brescia, Picasso, Lavalle, Romero, Nicolini, Cogorno, Piaggio, D’Onofrio, Motta y más. Faustino Piaggio llegó a ser alcalde del Callao y un descendiente de italianos, Manuel Pardo y Lavalle, no solo llegó a la Alcaldía de Lima sino que llegó a ser Presidente de la República. En suma, los europeos y sus descendientes, especialmente de italianos, se posicionaron en las altas esferas de la economía, la política y la sociedad peruanas. Hasta hoy.

La otra cara de la moneda fue el trato dado a los inmigrantes asiáticos, especialmente a los chinos, porque mientras los europeos prosperaban con cierta facilidad en la política y los negocios, los asiáticos afrontaron dificultades para alcanzar el éxito y el reconocimiento social.

Al finalizar sus contratos en las haciendas costeñas, los que no regresaron a China quedándose  en el Perú, se establecieron el Lima, en los alrededores del Mercado Central, en la antigua calle Capón, donde hoy se levanta el Barrio Chino. Varios de ellos pusieron sus restaurantes donde expendían comida china fusionada con comida peruana, la muy popular comida Chifa, que hoy da nombre también a sus locales.  El caso de los japoneses fue muy parecido. La mayoría se quedó en Perú dedicándose al comercio. Trabajaron como empleados en pequeñas bodegas, las cuales compraron después con el dinero que ahorraron. Un grupo grande fue contratado como obreros en las fábricas de Lima, aunque los que tenían una mejor preparación, fueron contratados como técnicos.

Chinos y japoneses siempre fueron marginados, siendo el blanco de las bromas, insultos y ataques  de muchos limeños, negros e indios, que constantemente saqueaban sus negocios; incluso los diarios manejados por el civilismo los acusaban de ser los causantes de la crisis económica, del desempleo y de las enfermedades como la epidemia de peste bubónica de 1903, que contagió a más de 17 mil personas hasta 1930.  Y cuando Japón se puso del lado del Eje en la II Guerra Mundial y atacó Pearl Harbor, el Perú se solidarizó con EE.UU. y le declaró la guerra al Eje, por tanto, ahora Japón era enemigo del Perú. Esto desató una ola de xenofobia nunca antes vista en el Perú. Los limeños, al parecer, vieron en esta situación la oportunidad para exteriorizar todo su resentimiento hacia los inmigrantes asiáticos. Poco les importó que el enemigo fuera Japón, porque tanto japoneses como chinos fueron víctimas de actitudes de rechazo por parte de la turba formada por personas de escasos recursos y de clase media, y no solo los llamados blancos se entregaron al frenesí de la violencia xenófoba, también los mestizos y hasta los indígenas y los negros afloraron sin límites su sentimiento de rechazo al extranjero amarillo. Saquearon el barrio chino y atacaron los negocios de los japoneses. Donde vieran un asiático, inmediatamente lo atacaban verbalmente con insultos e indirectas llegando incluso a la violencia física. A los chinos les cortaban su trenza (símbolo de identidad y honor en su país), muchas mujeres fueron atacadas sexualmente y un número no determinado fueron asesinados a golpes y sus cuerpos quemados en hogueras improvisadas. Incluso hasta se tomaban fotos, como si de trofeos o actos heroicos se tratase.

¿Qué hacía el Estado ante esto? Nada. Por el contrario, muchos políticos alentaban tal grado de violencia y siguiendo los designios de EE.UU. el Presidente Manuel Prado Ugarteche, decretó la ilegalidad de los inmigrantes provenientes de los países miembros del Eje, especialmente japoneses, a quienes se les confiscaron sus propiedades, se les cerraron sus asociaciones y se les expulsó del país, entregándolos al gobierno estadounidense para que los recluyan en campos de concentración que habían sido levantados en Cuba (en ese tiempo controlada por EE.UU), Nuevo México, Texas y otras partes del país, donde permanecieron aislados hasta el final de la guerra. Cuando la paz se restableció, miles de alemanes, italianos y japoneses y sus descendientes fueron devueltos a sus países de procedencia. Más tarde se les ofreció uno disculpa oficial del gobierno estadounidense y se les indemnizó por daños y perjuicios, aunque se hicieron distinciones al momento de pagarla, dependiendo de dónde hubieran sido sacados. ¿Y el gobierno peruano? Hasta donde sé, el gobierno de Manuel Prado prefirió la política del borrón y cuenta nueva, de dar la vuelta a la página, como si nada hubiera pasado. Fueron casi 2000 inmigrantes japoneses y sus descendientes nacidos en Perú que fueron deportados por su gobierno a EE.UU. La relaciones diplomáticas con Japón recién se restablecieron en 1952, durante el gobierno del General Manuel Odría.

A pesar de todas las dificultades vividas en nuestro país, muchas familias asiáticas lograron progresar y posicionarse en la economía, la sociedad y la política peruana. Wong, Furukawa y Miyasato son un ejemplo de éxito en los negocios y Alberto Fujimori (hijo de japoneses) llegó a la Presidencia. Muchos de sus colaboradores más cercanos como Jaime Yoshiyama, Víctor Joy Way, Carmen Higaona, Ana Kanashiro, Víctor Aritomi y otros eran descendientes de inmigrantes asiáticos. Su desempeño político no será visto en esta ocasión.

Como se puede ver, la xenofobia siempre ha estado presente en nuestra historia; es una expresión de los temores, rencores y odios hacia determinada comunidad de inmigrantes extranjeros, ya sea por causas justificadas o no, nada le da valor a este tipo de actitudes, por más que muchos de estos extranjeros cometan actos ilícitos en el país, justos no deben pagar por pecadores.